La tertulia de las diez: “Las últimas vacaciones”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.


A medida que se iba aproximando el verano, la idea de que estas serian mis últimas vacaciones, iba creciendo en mi mente. Tal vez el tener que trabajar en casa, por el obligado confinamiento, fue el catalizador de mi idea. Así con esa idea ya perfectamente definida y grabada en mi interior pensé donde me gustaría ir a pasar casi seguramente mis últimas vacaciones.

No soy de ir a muchos sitios ni siquiera cercanos, las vacaciones para mi son descanso y tranquilidad; no ajetreos y prisas por visitar esto o ver aquello. Así todo siempre había tenido debilidad por ir a esas islas. No diré cuáles, porque seguramente cada uno tenga su archipiélago favorito, y así quien esto lea podrá pensar que las mías son las suyas también.

Por lo cual me lie la manta a la cabeza (así se decía de antes) y, sin importarme demasiado el dinero, en ellas me presenté a satisfacer mi caprichito viajero. El tiempo aún siendo veraniego no era de sol radiante y las nubes hacían de buena sombrilla. A mí no me importó demasiado, en cuanto a temperatura, me resultaba hasta más agradable.

Llegando ya la víspera de mi vuelta, y no habiendo probado más que el agua de la piscina del hotel, esa mañana contra mi criterio madrugué para coger el barco que me llevaría a la isla más pequeñita a pasar el día. Era una excursión fija que todos los turistas hacían y yo, a regañadientes con mi subconsciente de paz y relax, acepté el desafío.

Las dos o casi tres horas en el barco no fueron muy turísticas por la bruma que solo dejaba ver la mar próxima al casco. Al llegar a la islita la cosa solo hizo que empeorar y allí en la única playa que había ya era niebla densa. Con las cosas así, hacer la ruta de los acantilados aparte de no poder ver nada, también resultaría peligrosa.

Decidí no echar pestes de mi ocurrencia y siendo todavía pronto para ir al bar restaurante decidí estrenarme en la playa. El agua estaba como a mí me gusta, en calma y ligeramente fresca, invitando a nadar en ella. Me había informado sobre las corrientes y con el mar así, a pesar de la densa niebla, no había peligro de ser arrastrado mar adentro o contra roca alguna.

La verdad que echaba en falta el contacto fresco del agua salado, tratando de divisar algo con las gafas de bucear casi sin éxito al estar el sol tan cubierto, estuve una hora nadando en círculos por la cala; o eso yo creía. El caso es que decidí ya volver a la orilla, y sin visibilidad hacia el horizonte, me iba guiando por las sombras del fondo del mar buscando menos profundidad.

No perdí la calma, y eso que debía ya de llevar otra hora, porque parecía ir desvaneciéndose la niebla. La bruma me daba algo más de visibilidad, sobre todo a través del agua, y finalmente iba apreciando como la profundidad paulatinamente disminuía hasta poder llegar a hacer pie. Erguido me fui encaminando hacia la playa, después de dos horas a remojo ya estaba algo entumecido.

Al llegar a la orilla no me resultó para nada conocida la cala. Es más, a los pocos metros, estaba al pie de un acantilado del que no podía apreciar la altura por los salientes del mismo a unos tres metros de altura. Mientras trataba de reconfortarme de tanto tiempo en el agua iba sopesando la situación. La isla es prácticamente un islote y seguramente no estaría lejos de la playa verdadera, el problema era saber la dirección a tomar nadando.

Afortunadamente el día quedó despejado no así mis dudas pero al menos entré en calor. Miré mi diver chino (reloj sumergible) y vi que la hora de comer estaba al caer. Si tomaba la dirección correcta, ahora con visibilidad en menos de una hora llegaría al punto de partida. En cambio, si me equivocaba, bordear la isla seguro que sería mucho más tiempo y, aún con la mar tan bella, no sabría si podría conseguirlo.

El caso es que el plan de salir a nado se empezó a complicar, el agua ahora se ondulaba y un viento lateral la iba animando a su paso. Y, dándole otra vuelta a mi razonamiento, tampoco sabia como estaba la marea o la diferencia entre la bajamar y pleamar de esta cala. Otro pensamiento, como un chispazo, me dejó aún más acojonado; la dirección más corta hacía la playa del embarcadero era en contra de la corriente que a esta cala me llevó.

A pesar de estar sentado al sol, un sudor frío me recorría toda la espalda, erizándome los poros como espolones. No sé cuanto tiempo pasó si un minuto o una hora cuando una ola, literalmente, me bañó. El mar ya no era ese apacible y plano remanso de agua que, hasta esta minúscula cala, me atrajo.

Levanté la vista y el ondulado venido a más me hizo dudar de mis posibilidades para salir de esta encerrona. La marea subía rápidamente y yo estaba entre el mar y el vertical acantilado. Pronto tuve que empezar a nadar, en plan boya evitando darme contra la muralla rocosa, sin atreverme a salir a mar abierto de esta calita en forma de concha.

A pesar de esta situación con final tan incierto, no perdí los nervios y me hacía gracia aquel presentimiento que a este archipiélago me trajo, estas serian posiblemente mis últimas vacaciones. Las olas iban siendo de consideración a medida que más agua hubiera por debajo de su onda. Yo como un flotador humano, sin perder la referencia de mi escasa distancia con el acantilado, las seguía mirando de frente.

Empezó la fiesta a ponerse seria con la última ondanada (andanada), ya no hacía pie ni cuando retrocedían las olas, y con sus crestas me elevaba a casi tres metros de altura. Las situaciones críticas también tienen sus oportunidades y, si las vemos a tiempo, podremos superarlas. Los salientes, que no me dejaban ver la altura real del acantilado, ya no estaban tan altos como cuando llegué a esta cala.

Nadé un poco hacía las olas, alejándome de las rocas, para tener mejor perspectiva. Ahora si podía ver lo que había por encima de esas prominencias del acantilado. Ni más ni menos que una senda que discurría hasta la parte superior de los mismos. Habría que jugársela pero, al menos, yo una oportunidad tendría.

Me situé enfrente de la parte del saliente donde parecía, empezar, o terminar según se vea, ese estrecho camino entre las rocas. Dejé pasar las olas hasta que viniera una tanda con más poderío. Con la primera no me atreví me intimidó, la segunda fue aún más violenta, así que con la tercera me decidí a lo que fuera.

No me podría haber ido mejor, solo unos arañazos por todo el cuerpo pero ya estaba agazapado al saliente. Tomé una buena bocanada de aire para acabar de superar el escollo y despedirme de mi trampa. Al mirar brevemente hacía atrás vi que, la cuarta ola era de campeonato y si rompía contra mí, acabaría de nuevo en el agua. Salte como pude y mi Alma, que ya estaba a medio camino del infierno, hizo el resto subiendo por el acantilado como tal.

La inmensa ola rompió con mucha más fuerza que cualquiera de las anteriores contra las rocas, un baño de agua y espuma fue su efusivo saludo. Yo se lo devolví alzando la mano empezando a subir el empinado camino con paso lento pero firme. Esta odisea vivida, más que para contar, es para no olvidar.

Arriba unos cuantos excursionistas, que habrían venido conmigo por la mañana en el barco, estaban haciendo la ruta de los acantilados. Al pasar por delante de ellos me miraron sorprendidos, no decían nada salvo algún gesto de admiración al ver que solo tenía unos arañazos, en vez de profundas cicatrices, habiendo salido de tan embravecido mar entre las rocas.

Yo les devolví un gesto de saludo con la cabeza y no tuve ni que preguntarles el camino. Justo enfrente, bajando la loma se veía el embarcadero y la playa. Ya puestos bajé a derecho, en vez de zigzaguear por la senda marcada; después de lo acontecido, esta pequeña rebeldía, me evitaría más miradas extrañadas de cualquier otro turista.

La hora de comer ya había pasado con creces pero, unos sandwiches y un par de cervezas, fueron un delicioso manjar en el bar del embarcadero. Mis cosas de la playa, una señora al ver que subía la marea, me las puso en un banco de la entrada de la tasca, custodiándolas amablemente leyendo a su lado. Su cortesía bien merecía una invitación por mi parte y ella, de buen grado, aceptó que le pagará la merienda. Luego en el barco, ya roto el hielo, nos sentamos juntos. Viendo su afición a la lectura le conté, en las tres horas del trayecto mi odisea matutina, y sorprendentemente la escucho con suma atención.

Al llegar a la isla principal nos despedimos sin poder yo siquiera invitarla a cenar. Su avión salía en dos horas y no había tiempo para más aventuras, pero no debí causarla una mala impresión, me pasó su número de móvil sin yo habérselo siquiera insinuado. Por mi parte, esa noche dormí como nunca en mucho tiempo, tantas cosas en un solo día agotan a cualquiera. Ya tendría tiempo, hasta después de la comida del día siguiente, para despedirme de las islas de mis últimas vacaciones.

Epílogo

El lunes me incorporé al trabajo y de primeras no quería contar mi reciente aventura; todavía, si me pasaba la lengua por los labios, me parecía sentir el sabor al agua salada y del salitre por toda la piel. No se hizo de esperar la cosa, en el correo tenía una convocatoria para reunirme con el jefe de personal. Yo la acepté y con ella impresa me acerqué a su despacho. En media hora me confirmo mi sospecha, así como las condiciones, de mi rescisión laboral. Al final sí que estas iban a ser mis últimas vacaciones, a partir del siguiente mes ya estaría libre del yugo laboral.

Esa misma tarde miré el número de móvil que me fue confiado en la isla de mi aventura. Podría ponerla un mensaje de WhatsApp pero… si pude dar la cara a la muerte no voy a hacer de menos a una mujer y directamente la llamaré. A pesar de mi determinación, sigo siendo humano y tarde unos minutos en atreverme a marcar. Una agradable voz me respondió preguntándome quien era yo. Solo dije que el bañista de los arañazos y su carcajada consiguió que la mía fuera el eco de la suya. Al final, resulta que vivimos solo a doscientos kilómetros, pero iba a estar bastante liada arreglando papeles y no podría desplazarse; pero, si yo no tenía ese problema, estaba formalmente invitado a pasar el fin de semana en su casita al lado de la costa.


4 comentarios sobre “La tertulia de las diez: “Las últimas vacaciones”

  1. Me alegro de que te haya gustado Ote. Después de semejante vivencia puse el epílogo para atar los cabos sueltos. En cuanto a la recompensa, creo que queda patente con la complicidad de los dos protagonistas. Y lo que pueda pasar después está en la imaginación del lector; yo no voy a chismorrear la vida privada de los protagonistas 😁😉
    Muchas Gracias por pasar y participar 🖐🏼

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .