La tertulia de las diez: “La sala de espera”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.


…Mi último recuerdo o primero, según se mire, es el de aquella gran estancia. Tal vez, por el tipo de luz entre blanquecina pero tenue y una sensación de gran amplitud, a mi mente le vino la imagen de la sala de espera de una estación. La imaginación no tardó en decorarla a mi propio gusto.

Filas de asientos, murales de información, grandes relojes y pasillos con acceso a diversas dársenas o andenes. Todavía yo no había decidido si era una estación de autobuses o de ferrocarril. Tampoco faltaban las diversas máquinas expendedoras de todo tipo estratégicamente situadas.

Es curioso, pero me apetecía tomar algo y me desplace hacia uno de esos armarios de autoservicio. Al llegar y mirar en su escaparate de cristal vi las latas de cerveza. Un lejano recuerdo me vino como un destello. De mí niñez, cuando en las salas de juegos las máquinas de bebida sostenían las botellas por el cuello y al echar la moneda se podía abrir una trampilla para liberar una de ella.

Ese recuerdo de mis primeras cervezas a hurtadillas, con su furtivo sabor obró en consecuencia y el moderno dispensador se transformó en el arcón frigorífico donde las botellas, literalmente, estabas colgadas por su cuello. Instintivamente metí la mano al bolsillo y, como algo ensayado con anterioridad miles de veces, la moneda completó su secuencia de sonidos hasta llegar a su cajón de cambios.

La cerveza me supo exactamente tal y como me la recordaba mi imaginación. Al lado estaba la clásica máquina de: “su tabaco, gracias”. Me sonreí, hacía ya muchos años que ya perdí el vicio del tabaco, pero la compra a escondidas de cajetillas, en las máquinas de tirador, me devolvió esa sensación de falsa madurez al fumar en la adolescencia. Y sobre todo el fresco aroma de los cigarrillos recién abierta la cajetilla.

Repetí la operación del bolsillo y la moneda en la expendedora. No hubo una voz sintética agradeciéndome el uso, solo el sonido metálico del tirador al volver como un resorte a su posición inicial. Al abrir el paquete de tabaco de mi marca, desaparecida del mercado hace más de cincuenta años, me devolvió ese aroma de mis primeros cigarrillos. Saqué de la máquina también una de esas cajitas de cerillas que se podían encender en cualquier superficie. La primera calada me hizo toser lo mismo que en mi precoz época de fumador, la siguiente ya fue más satisfactoria.

Explorando esta enorme sala de espera decidí que era de una estación de tren y que los pasillos del fondo iban a dar a los andenes. Mis recuerdos retro hicieron que mi imaginación convirtiera a los grandes relojes digitales en redondos y analógicos y los tableros en pizarras con rótulos intercambiables. A medida que contemplaba este entorno se iba complementado de todo lujo de detalles que no necesariamente tenían que corresponder a una misma época.

Así, los cómodos sillones de mi primera mirada, ahora eran bancos corridos de madera. En cambio, el puesto de los periódicos, era de lo más moderno con sus paredes de cristal forradas con la prensa, numerosos comics y coloridas revistas. Los recuerdos y las sensaciones son atemporales y la imaginación no se corta en representarlo de igual forma.

No había caído en que estaba solo pero fue tan fugaz como ese pensamiento que de pronto empezara a ver más gente como yo. Creo que todos estábamos de la misma manera reconociendo el lugar y adaptándolo a nuestros respectivos recuerdos. Los allí presentes no hablábamos pero, si nos cruzábamos en nuestra personal exploración, esbozábamos un mutuo gesto de sonrisa antes de seguir en nuestro camino.

No sé el tiempo que estuve deambulando por tan especial sala de espera. Era curioso, que mirando los relojes su hora no me dijera nada, como si allí el tiempo fuera un adorno y no el ritmo de nuestra cotidiana rutina. Al final me decidí por uno de los pasillos, ya quería coger el tren y ver a donde me llevaría en su trayecto.

Al llegar al andén tampoco me preocupaba por cual decidirme, todos tenían una larga cadena de vagones estacionados, cualquiera me valdría. Según me subí y me senté, oí el clásico silbido; el traqueteo me indicó que empezábamos a salir de la estación. Por la ventanilla veía como dejaba atrás el andén, cada vez a mayor velocidad.

El paisaje no me resultaba ni extraño ni familiar, era como un cuadro pintado al otro lado del cristal que siempre ahí hubiera estado. Luego, después de este artístico pensamiento, se encendieron unas pequeñas luces de cortesía, seguramente llegaría un túnel. Efectivamente, ahora el otro lado de la ventanilla, solo era algo negro. Me recosté lo más cómodo que pude en mi asiento, cerré los ojos y aprovechando la suave cadencia del traqueteo me dejé dormir…


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