La tertulia de las diez: “La canción del Pirata”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.


Con diez cañones por banda…” Así me despierto cada mañana, recitando tan conocida poesía; solo la primera estrofa que, el resto, ni lo recuerdo. Es una forma estimulante de comenzar el día; convertido ya en una tradición.

Esa costumbre empezó desde mi jubilación, como un pequeño tributo, a los paseos por la costa mirando el mar; tan hermoso estando en calma, como hipnótico, por sus indómitas olas, al romper contra los acantilados.

La pasada tarde salí un poco más tarde de lo habitual pero, por ello, no renuncié a mi habitual paseo costero. Con lo que no conté es que a esa tardía hora, el ocaso me pillaría en el extremo opuesto de mi ruta diaria.

Siendo final del verano, la temperatura era todavía aceptable, aunque se estaba formando una niebla, que iba humedeciendo el aire, como si fuera de pleno otoño. A mi regreso por el camino del acantilado, ya en plena oscuridad, el rumor algo vivo de las olas marcaba mis pasos.

Aún me quedaba más de la mitad del trayecto, la oscuridad ya era completa y la bruma, también, se iba espesando. Yo procuraba pisar con cuidado, para evitar cualquier posible accidente, siendo mi paso mucho más lento que el habitual.

Si no fuera por la niebla, al fondo, ya vería las luces de la ciudad. En cambio, parecía que mi camino no tenia final, y el sonido impetuoso de las olas, al romper contra las rocas, tampoco resultaba muy tranquilizador en aquellos momentos.

No perdí la calma, hasta tener justo delante mío una silueta que, entre la bruma, se esbozaba. Por precaución aflojé mi paso, esperando que ella siguiera adelante, fuera de quien fuera. Para mi sorpresa no fue así.

Me detuve por completo y la silueta, hizo lo propio, como si estuviera esperándome. Mi corazón empezó a palpitar más fuerte pero totalmente descompasado. Un miedo, de lo más profundo de mi Ser, me estremeció de adentro hacia afuera.

Allí inmóvil pensando en lo peor; que alguien me estuviera esperando para asaltarme, o agredirme, o hasta impunemente arrojarme por el acantilado; me tuvo, como si mi cita con la Parca, hubiese sido concertada sin avisar.

No se exactamente el tiempo que estuve quieto allí, con la imaginación revisando, quizás por última vez, esos recuerdos que nunca querrías olvidar. Acepté mi destino y, lentamente, me acerqué a la sombra de mi perdición.

A la altura de mi supuesto agresor descubrí un poste de alumbrado, para nada iluminado, y las ramas de un arbusto que, desde atrás, le daban una presencia de silueta humana. Respiré profundamente, al ver que mis temores, eran solo fruto de la imaginación.

Si hay algo que no se equivoca, tanto siendo real o imaginario, es el instinto. Justo un paso más adelante, esta vez, una figura envolvía a un cuerpo verdadero. Así, me encontré emparejado a un voluminoso sujeto, tanto de ancho como de alto.

Con mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad de esa joven noche, la mínima iluminación residual existente, me permitió distinguir la hoja amenazante de un enorme y, seguramente, afilado cuchillo.

A su primer embate me gire sobre mi mismo, de reverso, y ayudé al enorme cuerpo que siguiera la inercia de su armado brazo. La barandilla quita miedos, para un tipo tan grande, no fue obstáculo; balanceándose, hasta caer, por el acantilado.

Se ve, que la cita de la Parca, era aquel sujeto; y yo, la hice esperar, en el encuentro con su víctima. Espero que, cuando sea yo su invitado, no me lo tenga en cuenta y me la adelante.

Volví, tranquilamente, tarareando el resto del camino… Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín…”

Solo para quien quiera un final más cerrado:

Esta mañana, después de mi acostumbrado despertar con la canción del pirata, en las noticias de la radio comentaron que ya habían encontrado al peligroso demente fugado del manicomio. Que lo había planeado, cuidadosamente, aprovechando su puesto de pinche de cocina. Ocultándose, en un descuido, dentro de una furgoneta de reparto. Su cuerpo apareció ahogado en la orilla, supuestamente se ocultaba en el paseo de la costa; y, no conociendo el terreno, la niebla debió despistarlo, cayendo accidentalmente por el acantilado.


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9 comentarios sobre “La tertulia de las diez: “La canción del Pirata”

  1. Esta vez, en salud, me cure y ya le puse un epílogo explicativo.
    Me alegro de que te haya gustado Ivonne. El miedo muchas veces es autosugestión y en este caso algo más.
    Gracias por participar 🖐️

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  2. Hombre, muchas gracias. No esta mal lo de despertarse recitando, y con Quevedo, la que a Góngora dedica, seguro que con una sonrisa te levantas.
    Saludos y gracias por pasar y participar 😁🖐️

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