La tertulia de las diez: “Tras los pasos del encapuchado”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.


Solamente se me ocurre a mí, ir tras Los Pasos de un encapuchado, en Semana Santa. El percebe que llevo dentro como juez de mí disléxica lógica, a veces, haría dudar al mismo Murphy.

Empezaré por el principio para no perderme, yo tampoco, en esta procesión de acontecimientos. Esa tarde de Jueves Santo yo no estaba celebrando el velatorio de Jesucristo, pero al ser festivo, en vez de apoltronarme en casa, lo hice en un pub, cerca de mi domicilio. Para no tener opción de perderme a la vuelta, que me conozco y, la cerveza tostada multifermentada, acaba haciendo de los desconocidos amigos; o, de las sombras, fantasmas.

Yo estaba con mi segunda caña; me he reformado y ya no pido pintas, aunque al final acabe bebiendo lo mismo, al menos así ya no se me templa la cerveza; y, al lado, tenía a dos tipos con hábito y sus respectivos capuchones posados en el taburete que nos separaba. Serian de la congregación de la iglesia de esa misma calle, comulgando con buena cerveza (como Dios manda) antes de desfilar en la procesión, que ya debía andar a punto de comenzar.

Como yo me conozco y el camarero también, para evitar debates y hasta alguna discusión, en cada ronda pago la consumición y así bebo lo que ya está abonado. Al ir a intercambiar los cinco euros por la copa de tostada especial, de mi tercera entrada, los del hábito agarraron súbitamente sus cucuruchos para salir a toda prisa.

En ese lance, y por mi posición próxima a la barra, note como la punta de uno de los capirotes me rozaba sutilmente el ojo saltándome la lentilla. Estupefacto, con el otro ojo bien enfocado, veía como la pequeña lente quedaba adherida entre los pliegues de la costura del otro capuchón. No podía creerlo, con solo dos cervezas, no suelo estar tan tocado como para tener esas visiones. Había sido algo, del todo imprevisto e involuntario, pero totalmente real.

Teniendo pagada mi tercera consumición no la dejaría allí que se pudiera calentar, esto pensaba, mientras acaba de ver salir por la puerta a los dos cofrades. Esta vez, si bebí más deprisa, al tiempo que pensaba como podría recuperar la lentilla. La vista borrosa de ese ojo y la del otro empezando a enturbiarse, por las tostadas especiales, me auguraban una noche toledana.

Terminé la abonada consumición y decidido fui tras los encapuchados, sin saber todavía como me las ingeniaría para tocales la costura del capirote, En busca de la lentilla perdida. Con la visión derecha tan perjudicada, solo se me ocurrió sacar del bolso las gafas de sol y poner un post it rosa en el cristal de ese lado, para no marearme al verlo todo borroso. La pegatina era de ese color no por el dicho, es que las amarillas ya las había gastado todas.

Fui calle abajo buscando a los dos individuos que yo, curiosamente, solo había reparado en su hábito y no en sus caras. Total, en cuando se pusieran el capuchón, me habría dado igual; ahora lo importante era no perderles Los Pasos. Tremendo, homérico, si no eran como cincuenta, seguro que serian más. Menuda tardecita me esperaba siguiendo la procesión y en las paradas buscar la forma de meterme entre ellos y tocarles el capuchón.

Después de dos horas penitente, detrás de mi objetivo, descubrí el modo de colarme entre sus filas sin llamar demasiado la atención. Estábamos a la altura de la catedral donde, al paso de la comitiva y para la gente importante, ponen unas gradas. Al pasar yo por detrás de las mismas, evitando el gentío, vi algo blanco justo debajo de la estructura. Era un alzacuellos, a saber a que cura de los allí sentados se le caería y el motivo.

Coger esa tira de tela del suelo, no sería delito ni aquí ni en el cielo, pensaba mientras urdía la segunda parte de mi plan. En diez minutos, o media hora más, llegaría la comitiva a la plaza donde finaliza este pasacalles religioso. Y allí yo, con el alzacuellos en su sitio, podría palpar la costura de los capuchones, sin llamar más de la cuenta la atención.

La hora siguiente, así me la pase, a medida que iban llegando Los Pasos. Me fijé en el hábito, pero no en el anagrama, por lo que todos los hermanos me parecían gemelos y hasta clones unos de otros. Algunos se giraban, al notar mis manos tocando su capirote, pero viendo el alzacuellos se contenían y me ofrecían la mano. Otros, en cambio, se quitaban el capuchón y me lo daban para que yo, pudiera tocárselo, sin ningún recato. Al final todos ellos y ellas, no podían ocultar una sonrisilla, al percatarse del parche rosa en mis gafas de sol.

El resultado de mi cacheo fue nulo, tal vez no toque todos los capirotes debidamente, o bien fui, divinamente, castigado por mi hurto y suplantación. Al ver, que ya no podía hacer nada más allí, decidí volver por mis pasos y hacerme un velatorio a base de cerveza tostada especial. Llegando a la altura de las gradas de la catedral una sombra más graciosa que siniestra, murmuraba o maldecía seguramente ambas a la vez, agachándose y, a continuación, levantándose y mirando al cielo.

Un rayo de conocimiento casi me deslumbra y choco con una farola, salida de la nada, en mi diestra de completo ángulo muerto. Instintivamente, me arranqué el alzacuellos, acercándome como quien no quiere la cosa hacía la parte posterior de las gradas. Haría mi buena obra del día antes del prometido velatorio por la lentilla perdida.

Efectivamente, la abultada sombra, era un cura de los clásicos de sotana y calzas, nada de los de pantalones o trajes a medida. Yo con una mano le señalaba a la esquina opuesta de la grada y con la otra, le extendía el alzacuellos, al robusto personaje; más propio del siglo pasado que de este milenio. Con una sonrisa, de divino desahogo, el bonachón personaje me acepto el presente dándome la mano muy efusivamente. Hacía mucho que yo no tenía un encuentro en la tercera fase con el clero y este, en contra de otros anteriores, me satisfizo; hasta en la Iglesia, hay buena gente o normal, como este cura clásico del siglo pasado.

Ya estaba en mi pub y con la cuenta puesta a cero; al salir y volver, pasadas más de dos horas, no se guarda el tanteo de las rondas; iba a pagar mi segunda consumición e instintivamente me aparté hacía atrás. Tuve un déjà vu, en esta ocasión, la punta del cucurucho no me llegó a rozar cuando se posó sobre el taburete de al lado. Perplejo me quedé mirando con el ojo izquierdo a los dos del hábito, joder eran los mismos que los de esta tarde, vagamente sus rostros me resultaban familiares.

En esta ocasión, saboree muy despacio mi tostada especial, acechando con satisfacción a la pareja de cofrades; por supuesto, con el ojo bueno. Sabia con certeza y por propia experiencia que, bebiendo cerveza no has de esperar mucho para ir la vejiga a vaciar; y, entonces, ya podría yo, palpar a gusto, las costuras de sus capirotes. No obstante, como buen estratega que soy , tenía también dispuesto un plan B pagándoles una ronda o dos. Esa noche el velatorio acabaría, de una forma u otra, en celebración.


No te aflingen y celebraten (El Percebe)

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7 comentarios sobre “La tertulia de las diez: “Tras los pasos del encapuchado”

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