Micro cuento de Navidad II


El osito travieso

El joven osezno, que no conocía todavía el invierno, se puso a jugar con los copos de nieve de la primera nevada. Su madre y su hermano ya estaban ascendiendo por la ladera alpina; mientras él seguía olisqueando, hasta hacer gotas de agua, esos húmedos trapillos que descendían tan plácidamente del cielo.

Un gruñido de advertencia, ya más fuerte que los dos anteriores, hizo que el peludo animal volviera la vista hacía la enfadada osa. Pero al momento, un copo se le posó en el hocico, y no se resistió a seguir con su divertido juego.

Arriba, y ya a lo lejos, los gruñidos de su preocupada madre eran ecos y el pequeño travieso, ahora que ya había en el suelo un manto de nieve, se dedicaba a revolcarse y resbalar por la blanca y esponjosa alfombra sin parar.

La noche se hizo rápidamente; cosas de diciembre que el sol, se oculta en un momento, casi sin avisar; y ahora, ya a oscuras, al pequeño oso no le producía tanta gracia jugar con la nieve. El osezno se puso a dos patas y levantó las orejas, ahora si queria saber donde estaba su madre, y hasata aguantaría sumiso la bronca por su desobediencia.

No había, por más que pinara las orejas, gruñido materno ni eco del mismo que le indicara hacia donde tenía que dirigirse. El sentirse solo en la oscuridad, y alejado de su familia, le hizo gemir desconsoladamente al osito. También le era nueva, lo mismo que la nieve, esa sensación de desamparo.

A veces hay que aprender sobre la marcha y lo único que se le ocurrió al pequeño animal fue tratar de seguir un rastro que, la nieve al cubrir, hacia imposible de seguir. Así todo, el pequeño oso, enterrado hasta su juguetón hocico, fue ascendiendo entre los abetos de la ladera de la montaña.

Tan agotador era el esfuerzo de subir así que no le quedaban fuerzas para gemir de miedo. La noche en invierno es larga y pudo constatarlo el travieso osito, cuando un pálido rayo de luz le empezó a iluminar en su fatigosa ascensión.

Ahora, ya lucia entre nubes el sol, pero el osezno maldita la gana de jugar de nuevo con la nieve que tenía. Por fin, un olor familiar, literalmente, le hizo girar hacia un lado y entre algo de maleza, blanqueada por la nieve, encontrar la entrada de la cueva familiar.

Al año siguiente, y por esa misma fecha, el veinticinco de diciembre, la primera nevada del invierno; sorprendió, de nuevo, a nuestro osito ahora ya algo más crecido. En esta ocasión, la osa solo tuvo que mirar hacia él para que dejara de hociquear los copos de nieve, y la siguiera obedientemente; eso sí, jugando con su hermano.


Nieve cubriendo los abetos,
con blanco manto, el verde
perenne de su frondosidad.
Son los primeros bocetos
navideños, que yo recuerde,
por su albina preciosidad.


El osito travieso


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