La tertulia de las diez: “Cita a ciegas”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.


Yo no soy partidario de las citas a ciegas por mucho que la tecnología, hoy en día, nos facilite encuentros o reuniones para los más diversos fines o expectativas. La edad y, sobre todo, la experiencia te va enseñando a navegar, literalmente por Internet, a cuidarte de atracar en ciertos puertos y evitar otros por cuarentena.

El caso es que las redes sociales son como los bares de la red, a base de frecuentarlas, empiezas a saludar a la gente y a recibir saludos por muy arisco o retraído que seas personalmente. En uno de estos tugurios sociales, primero como broma y luego como reto, comenzó lo de tomar un día algo a la vieja usanza, si se terciara la cosa de coincidir, por algún motivo, en la misma ciudad.

A medida que pasaba el tiempo, sin prisa ni inquietud alguna, la broma siguió en la red hasta que, por un viaje para un puesto de trabajo, la otra persona se acercaría justamente a mi localidad. Así que empezamos a hacer preparativos y poner reglas; más bien a diseñar el guión, como si fuéramos a representar el capítulo del encuentro de los protagonistas, de una novela escrita a dos manos.

El mes previo a la visita ya teníamos redactado todo el proceso de la trama. Yo, como residente local, daba los datos de documentación, los lugares y las ubicaciones posibles de la puesta en escena. Y la otra parte, más literaria ella, iba adecuando los datos y descripciones al guión. El ejercicio nos resultaba gratificante como trabajo literario y divertido en la forma de plasmarlo. En tres semanas quedó todo detallado por mi parte y corregido por la suya.

Ya solo faltaba una semana y un día para nuestra cita a ciegas y decidimos, como prueba de buena voluntad, intercambiar los números de móvil para ultimar cualquier detalle y solventar alguna posible adversidad de horario, día, o lugar concertado. Por el WhatsApp quedamos en comunicarnos lo mínimo para mantener la sorpresa y salvo algún saludo o emoticono al uso no habría más comunicación.

Para mi sorpresa, la mañana siguiente al tener su número, recibí una foto algo inusual. Era una prenda de lencería, en primer plano a modo del selfie, lo sorprendente es que se apreciaba que la braguita, en vez de posada en alguna parte, estaba puesta en su sitio. Mi respuesta fue la carita sonrojada y, la de ella, otra con una carcajada. No hubo más intercambio de mensajes hasta que, a la mañana siguiente, recibí otra foto del mismo tipo, en esta ocasión la prenda era más elegante y atractiva; mi respuesta fueron dos caritas sonrojadas y la suya las mismas carcajadas.

A medida que la semana avanzaba, cada mañana, me llegaba la foto de la prenda de ropa interior que, yo intuía, llevaría Ella puesta ese día. Cada vez más finas y sugerentes, nuestras respuestas seguían siendo las caritas, consecuentemente con mayor número de sonrojos y sus correspondientes carcajadas. El día de la víspera de nuestra cita a ciegas, aparte de la foto comentada me paso otra, una vista típica de mi ciudad, para indicarme que ya estaba aquí para acudir a su entrevista de trabajo. Esa noche, cerca de medianoche, pito el móvil y la foto recibida no podía ser ya más sugerente al no haber prenda alguna puesta.

Al fin llegó la tarde de nuestra cita a ciegas y aunque yo no quisiera hacer juicios de valor sobre el tema, no me quitaba de la cabeza las fotos recibidas, y me planteaba un montón de posibilidades acerca de ella, desde que fuera una descarada a una desinhibida bromista, o incluso hasta un tío o una pareja que me estaban tomando el pelo y que, al llegar yo al lugar concertado, se rieran de mi cruelmente. El caso es que mi puntualidad, tal vez por tanta turbación mental, me hizo llegar cinco minutos tarde a la cafetería escogida.

Rápidamente salí de dudas en cuanto a su presencia, en una mesa había un bolso con un lacito rojo anudado en la bandolera. Mi bolso, de igual guisa, se situó al lado del otro y saludé a la mujer que al detrás, sonriente, me veía llegando algo apresurado. A continuación nos saludamos formalmente, como habíamos establecido en nuestro libreto, su sonrisa siguió, esta vez más discretamente, mientras yo seguía azorado con el encuentro y, mentalmente, con los recuerdos que de ella tenía tan fotogénicos.

Yo iba a tomar café para acompañarla, pero opté por una cerveza para tratar de sofocar mis sudores, a pesar del fresquillo aire invernal que corría por la calle. Después de una media hora de charla intrascendente, como estaba previsto en nuestro guión a medias, y yo con mi segunda cerveza, No se hizo más de rogar, viendo que yo seguía sonrojado y casi sin atreverme a mirarla directamente.

—Bueno, has aguantado más de media hora colorado como un tomate sin entrar al trapo de mis fotos ni actuando como el gallo del corral, así que pondré las cartas boca arriba para seguir con nuestro guión escrito a dos manos. Yo no soy ni una descarada, ni mucho menos una buscona, más bien tímida y pudorosa. —Lo dijo con tanta naturalidad que yo hubiera puesto la mano en el fuego con su declaración tan convincente. Prosiguió sin inmutarse:

—Por lo que habíamos hablado antes de todo esto me suponía que tú no eras ni un ligón de discoteca ni típico reprimido esperando su momento de machito. No obstante, sin tener ocasión, no sabes quien es realmente honrado o ladrón. Por si te habías hecho alguna expectativa fuera de lugar, y al no habernos visto nunca, mi pudor tampoco estaría en entredicho por lo que comencé con el juego de las fotos. Tus respuestas me hicieron gracia y, después de poner toda la carne en el asador, tu actitud siguió siendo de incertidumbre e incredulidad. — Hizo un pausa en su parrafada, que yo seguía con toda expectación, para tomar un sorbo de café y seguidamente continuar con su declaración.

— A mi edad ya paso de ligones de discoteca y babosos que se piensan que por ser mayor; y seguramente separada, viuda, o divorciada; tienes que aguantar sus estupideces o morirte, sola, de asco. Ahora ya sabes, sin necesidad de forzar la imaginación, tanto lo que llevo debajo como la clase de persona que soy. ¡¡ Chico, deja de sudar así !! cualquiera que nos vea pensará que en vez de contarte mis intimidades te estoy echando la bronca, ¡¡ uff !! ¿Te parece que sigamos con nuestra cita a ciegas? Por cierto, me han dado el trabajo y tendré que buscar un alquiler en tu ciudad.

Yo pasé en la última parte de su exposición de no saber en donde meterme a paulatinamente quitarme el sofoco. Su explicación no estaba entre mis teorías pero me resultó, también, de lo más práctica y convincente. De hecho, creo que su intención era la de enviar solamente la primera foto y ver por donde salía yo. El caso es que, al oírla hablar, me di cuenta de su agradable tono y buena pronunciación sin abusar en los matices, por lo que tampoco me extrañó que le fuera tan bien la entrevista de trabajo. Al mirarla de nuevo, casi por primera vez al ya no estar azorado, vi que era de lo más normal, tirando a discreta, y salvo su sonrisa, ligeramente, pícara no había nada ni reprobable ni reprochable en su persona. Por supuesto, tanto su pudor como su reputación, un poco a mi pesar (no soy perfecto), quedaron totalmente a salvo al borrar yo, a continuación, todas sus fotos del WhatsApp.

Epílogo

De este primera cita a ciegas ya ha transcurrido más de un año y nuestra relación se ha fraguado como una amistad entre adultos donde, en contadas ocasiones, levemente cruzamos hacia el lado romántico. De hecho, tal vez por ser ambos tan independientes, nos vemos solamente una o dos veces por semana. Y socialmente, el uno del otro o viceversa, somos pareja cuando no nos queda más remedio que asistir a algún evento; lo cual nos viene de maravilla, a ambos, por no tener que contar, para nada, con terceras partes. Lo que sí tenemos previsto, como otro capítulo de nuestro guión a dos manos, es compartir una mascota peluda para obligarnos a salir un poco más de nuestra cómplice independencia.



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