La tertulia de las diez: “La casa del fantasma”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Hay historias que no se saben bien como contar, empezar por el principio no es fácil cuando no se sabe exactamente cuando comenzó la cosa. En este caso, como introducción y contexto, diré que fue a raíz de comprar la casa ruinosa al final de mi calle.

Vivir en un barrio del extrarradio urbano, donde los últimos bloques de viviendas lindan con fincas rurales tiene sus ventajas. En mi caso es porque a unos quinientos metros de mi bloque, justo donde la acera se extingue, hay una pequeña parcela con una casa de campo de dos plantas que lleva deshabitada más de medio siglo y abandonada a su suerte casi diez lustros. De niño, recuerdo que entrabamos a escondidas en la finca; todavía de vez en cuando alguien iba a limpiar la maleza y adecentar algo la vivienda; dábamos buenas estivas a los manzanos y perojales, así como a la enorme higuera de la parte de atrás. Ya mas crecido, la propiedad había quedado totalmente abandonada, si acaso alguien venia una o dos veces al año pero solo para contemplar su lamentable estado. Los en esa época muchachos, durante las vacaciones de verano y pasada la media noche como colofón de nuestras andanzas juveniles, nos colábamos a través de puerta trasera, a la que ya la habíamos forzado la cerradura. Entrabamos y recorríamos cada habitáculo, cuatro estancias abajo con varios agujeros en el techo y otras cuatro arriba con los mismo agujeros en el suelo; Jugando a inventar alguna historia sangrienta en esas madrugadas mientras, con nuestras linternas, alumbrábamos haciendo siniestras sombras.

En estas visitas a hurtadillas, tratábamos de llevarnos algún recuerdo a pesar de no quedar ya muebles o enseres alguno, conformándonos con algún pedazo de loza del resto de un plato o un simple trozo de un azulejo de la cocina. Una noche alguien dijo haber oído un ruido en la planta superior, al subir todos e inspeccionar los cuatro cuartos superiores no vimos nada fuera de lo normal pero si nos pareció escuchar un susurro silabeante. A partir de ese momento ya la llamamos la casa del fantasma, coincidió con el fin del verano y fuimos perdiendo el contacto. Al pasar los años yo era el único que seguía viviendo en el barrio y, estando solo, perdí el interés en esa  casa.

Ahora con todos estos años transcurridos y puesta e venta por una promotora casi a precio de saldo, no se si por el abandono y su fama de fantasmagórica, me plantee su adquisición. Echando cuentas, podía hacerme con la finca y vivienda; esta, al tener las cuatro paredes de piedra, permitía dejarla diáfana por dentro y ahorrar en la obra. Pensado y hecho, el dinero mejor en mi propiedad que en el banco. Al final ni tan caro, al hacer toda la planta baja corrida salvo un gran cuarto de baño y levantando un cabrete para dos estancias en la parte superior.

Yo estaba encantado con mi vivienda, el pequeño huerto trasero con la gran higuera en su esquina y una media docena de árboles frutales que, saneados y bien podados, volverían a darme algunos perojos y unas buenas manzanas verdes. Hice la mudanza en primavera, mi pequeño piso de toda la vida, me lo compro el vecino de al lado para ampliar el suyo; así que redondo me salió el negocio, por lo que yo estaba más que encantado.

Las primeras noches en mi nueva casa, tal vez por el cansancio del trasiego del traslado, la colocación de las cosas y pequeñas chapucillas afines, dormía roncando a pierna suelta y ni una galerna me despertaría. Fue a eso de mi primera semana en la vivienda, cuando de madrugada me desperté, al principio creía que un sueño donde había vuelto a mi juventud en la noche donde aquel susurro, aunque todos lo negamos, nos erizo el vello de los brazos. Abrí los ojos y un leve ardor de estómago me invitó a tomar un vasito de zumo con una buena cucharada de bicarbonato.

Ya levantado, y revolviendo mi pócima curativa, volví a escuchar el susurro, el mismo que me trajo a la memoria mis andanzas de cuarenta años atrás. Paré en seco la cuchara y afiné el oído esperando una repetición, el vello seguía erguido como atraído por una irresistible fuerza estática. El silencio era completo ni un leve crujido percibí, al cabo de unos minutos rompí mi sombra y me acosté como si nada hubiera ocurrido más que un confuso sueño.

La noche siguiente, a la una en punto, miré la hora, el sueño recurrente, con el susurro que hacía de transición entre la somnolencia y la vigilia, volvió a hacerse presente. En esta ocasión, quieto en la cama y con los ojos abiertos, esperaba un segundo pase. Me estaba, por cansancio, quedando adormilado cuando el familiar silabeo me hizo espabilar súbitamente. En está ocasión creí entender algo así como: “Estoy aquí”

Ahora ya lo veo todo más claro y entiendo que mis sueños se mezclan con los del hombre al que todas las noches a la una de la mañana le susurro “Estoy aquí”. Sí, esa fue la última frase que dije, cuando me caí por el agujero del suelo de la habitación del fondo, al subir de muchacho corriendo cuando, uno de nosotros, dijo haber oído un ruido. Cerré los ojos y no volví a verlos más; ahora, cuarenta años después, en esta permanente sombra, revivo cada noche ese momento con el nuevo poblador de la casa, viviendo sus recuerdos y usando sus pensamientos como los míos.


 
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15 comentarios sobre “La tertulia de las diez: “La casa del fantasma”

  1. El título ya daba alguna pista que algo raro había pero si te ha sorprendido me siento doblemente alagado. Cuando se me ocurre algo truculento le busco un marco y lo cuelgo por aquí.
    Saludos y gracias por pasar y comentar 😉✋

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  2. Lo es me parece, primero como niño y muchacho y luego como espectro que entra en simbiosis con el nuevo inquilino tomando como suyos los pensamientos y la memoria. Su último recuerdo de vital es el que le ancla al caserón y de ahí su condición de fantasma. La laguna de esos cuarenta años es la que tendrá que atravesar si no quiere repetir ese último recuerdo propio cada noche a la una de la madrugada 👻

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