La tertulia de las diez: “La casita de la pradera”


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Al ver el anuncio no daba crédito a lo que leía, seguro que era un error de impresión, esa magnifica casa no podía ser tan barata. Era cierto que estaba a una hora de la ciudad, pero el pueblo era bonito y las fotos de la casita muy sugestivas. Cas, Castillo en el DNI y Cas para todos los demás, quiso comprobar si el anuncio del periódico era un error o bien la ganga que aparentaba.

Al llamar al número de contacto, Cas se quedó todavía más extrañado, efectivamente el irrisorio precio era correcto, pero como todas las gangas tenía su trampa. El realmente no estaba interesado en comprar una casita de pueblo, pero al ver que, a esa en concreto, le faltaba un cero en el precio, el reclamo fue irresistible y tuvo que salir de dudas. Con la confirmación recibida ahora si era un comprador potencial y más que interesado.

Ciertamente, desde la ciudad hasta el pequeño pueblo, se echaba una hora de viaje. Cas fue puntual a la cita aunque la vendedora ya estaba allí. La buena señora, nada más ver apearse al sesentón del coche, supo que era su cliente y le invitó justo después del saludo, a tomar un café mientras hablaban en la casa de al lado que era precisamente la suya.

—Bien, voy a ir al grano y le voy a decir la condición de la oferta —le dijo la buena señora mientras servía el café y empezó a narrar toda la historia. —El señor que vivía en esa casa no tenia familia y, aunque era reservado y casi ermitaño, siempre fue cortes y buen vecino. La verdad es que todos los de este pueblo somos más o menos así, hace veinte años el pueblo quedó casi abandonado y al morir el último vecino, alguien del ayuntamiento del municipio, tuvo la idea de adquirir todas las propiedades a los posibles herederos e ir revendiéndolas a gente de ciudad que buscara un entorno rural. En aquella época, vino la primera generación de urbanitas, con ganas de la tranquilidad de estar así de apartados. La cosa fue bien, y rápidamente se rehabilitó la barriada, además fueron previsores y para evitar que se pasara la moda y volviera a despoblarse; idearon un plan vecinal muy tentador…

Después de una pausa para acabar de tomar el café sin que se enfriara la vendedora siguió su relato.

—Como verás… —hizo una breve pausa para explicar su cambio de tratamiento antes de continuar. —hemos tomado café ya me sobra el usted; La mayoría de los que estamos aquí somos jubilados no muy achacosos, el hospital nos pilla un poco lejos. —Sonrió con cierta malicia, por su parte Cas seguía expectante la narración sin percatarse que, con tanta atención, no le quitaba ojo a la vecina, de ahí igual la socarrona sonrisa de la mujer.

—Pues eso, que dentro de lo que cabe somos gente mayor, pero nos valemos bien. La regla es sencilla, para evitar que se pueda quedar de nuevo sin un alma, debemos tener una mascota, perro o gato, y dejarlos la vivienda por herencia. Tasamos la propiedad a un décimo de su valor más lo que el fisco cobre, eso no lo podemos diezmar. Y el que compre tiene que hacerse cargo del titular que es el animal de la casa y, cuando este muera, se debe reponer para que sea el nuevo beneficiario del testamento y así seguir la transmisión. Todo esto no lo podía contar por teléfono, además, teniendo que venir hasta aquí, la mayor parte de los especuladores, moscones y curiosos nos los quitamos de encima. Tu has venido y parece que, si te interesa, además, no me has dejado de mirar y me he sentido halagada, ¿qué me dices?

Cas estaba encantado con el acuerdo, tener mascota siempre le había gustado, pero en un piso no era plan y menos cuando aún estaba trabajando. La vecina tampoco le parecía mal, a pesar de que le hubiera sacado los colores con su último comentario burlón, ahora si la estaba mirando como mujer y no como la vendedora por lo que todavía subió más el color de sus mejillas. Así todo, después de carraspear tomó la palabra.

—Me parece perfecto, es lo que andaba buscando y a este precio no tengo nada que regatear, además siempre he querido tener una mascota.

—Pues nada, —contestó la sonriente vendedora, se había dado perfecta cuenta del rosa subido de tono de su interlocutor y por ello todavía le caía mejor. —Podemos empezar el papeleo, tengo WiFi y lo demás lo podemos hacer mañana en la gestoría que hay en el municipio, son solo quince minutos yendo en coche. Voy a enseñarte la casa, como veras esta lista para habitar y limpia, así que, si estas decidido te puedes quedar ya esta noche en ella y, si eres de cena ligera como yo, te puedo ofrecer una ensalada de huerta…

Hizo una pausa para ver la expresión del hombre y esta vez fue ella la que noto algo de calor en las mejillas. Parece que si van a ser vecinos la socarrona y el tímido, era la sensación que se respiraba, mientras se aproximaban a la casita de campo. Al abrir la portilla un ladrido amistoso rompió aquel embarazoso silencio, a lo que ella reacciono y retomó la conversación.

—No he callado en toda la tarde y ni siquiera me he presentado, me llamo Gertrudis, pero todos me dicen Ger que suena como ella en inglés. Este que viene, tan contento meneando la cola y ladrando, es tu compañero de casa Cas. Cas ven aquí bonito, saluda a tu nuevo compañero. ¿Por cierto querido, cómo te llamas?

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11 comentarios sobre “La tertulia de las diez: “La casita de la pradera”

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