Relatos de la tertulia de las diez: El recolector de almas


Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Juan no era un curandero ni un sanador al uso, los cuerpos moribundos a los que visitaba no se recuperaban, solamente, morían en paz. Esa era la profesión no oficial de este huérfano encontrado, a la puerta del ayuntamiento siendo un bebé. Juan fue un poco adoptado por todos los vecinos, en estos tiempos que la juventud de los pequeños pueblos era casi inexistente.

Hasta los quince años o así, Juan no dio a conocer sus facultades. La tía Rosario, la estanquera y cantinera, andaba en esa época muy delicada y después de sus casi noventa años en el negocio quería morir en su pueblo; ir al hospital, seria una traición de última hora, que no contemplaba la buena señora. Juan, que a la postre heredaría el negocio, aquella tarde, la última de la tía Rosario entre sus vecinos, fue a visitarla como todos los días a contarle las pequeñas novedades de la cantina. Al verla tan consumida, como una vela a punto de apagarse, instintivamente la cogió de la mano. En los segundos siguientes el rostro de dolor, de la buena mujer, se transformó en una cara de paz absoluta, la mirada perdida recupero la visión para fijarse en el muchacho y esbozando una sonrisa, un perceptible gracias, fue su plácida despedida de este mundo.

Todos los presentes, el alcalde viejo, el boticario, Rosa la marquesita y la Sra. Carmen; vieron como la agonía, de su amiga y vecina, se transformo en una feliz muerte. Durante los siguientes años este hecho se repitió cada vez que alguien se encontraba en los estertores de la muerte. Los pueblos vecinos, sabedores del curandero, llamaban a Juan para que también les diera paz a sus seres queridos.

Solamente Daniel; el alcalde joven, hijo por supuesto, del alcalde viejo, se mostraba reticente con Juan. Nunca discutieron fuerte, ni mucho menos se enfadaron, simplemente no eran amigos y mantenían una relación cordial pero sin mayor trato. Cuando el padre de Daniel precisó los servicios del curandero, el alcalde joven se encontraba en la capital y no pudo despedirse de el. Tal vez por eso y que su madre, que precisamente se llamaba Juana, quería a Juan como un segundo hijo, había convertido el distanciamiento en algo de animadversión hacia el curandero.

A sus setenta y tantos Juan y Daniel, ambos jubilados y dedicados a la vida contemplativa de los pequeños pueblos, se sentaban todos los días en mesas contiguas de la cantina, a pasar las mañanas y muchas tardes, siempre que el tiempo lo permitiera. El primero en llegar saludaba y el otro respondía, al marchar la misma cortesía pero en todo el tiempo que estaban allí, si nadie les preguntaba, no cruzaban una palabra más. La señora Juana ya andaba cerca del cumplir el siglo y, aunque había sido de buena naturaleza, todos suponían que ese sería su último invierno, incluidos sus dos hijos. el legitimo, y el adoptado de corazón; que se pasaban el día, juntos sin cruzar palabra, sin haber nunca discutido.

Hacía frío esa tarde de febrero, y Daniel iba a decir hasta mañana como todos los días que se marchaba antes que Juan, cuando de la cantina salio Manolo el muchacho que la llevaba desde que el curandero se jubiló; no hizo falta que dijera nada, los dos vecinos y no amigos, intuyeron que Juana estaba muy mal. –Me acompañas a ver a madre?– Dijo Daniel al curandero, retóricamente, en un tono que no dejaba duda de la gravedad.

En un pueblo pequeño, todas las casas están cerca, y la de los alcaldes está junto al ayuntamiento, en frente de la botica y del bar estanco. Al entrar en la habitación de Juana, las dos viejas comadres que quedaban vivas la hacían compañía, la mujer del alcalde viejo estaba postrada con la mirada perdida en el techo y los brazos extendidos a lo largo, por su débil respiración parecía que se estaba preparando para cruzar el último umbral. rápidamente, los dos casi hermanos, se pusieron a cada lado de la anciana mujer y cada uno la tomo de la mano que le correspondía.

El ritual se volvió a repetir por enésima vez desde la tía Rosario, en esta ocasión la mirada se centro en sus dos niños; el rostro, casi centenario, pareció estirarse para llenar todas esas arrugas de paz y esbozar una sonrisa. El gracias justo antes de morir, plácidamente, fue oído por los cuatro presentes. Dos de los cuales, después de setenta años, también, conectaron y a partir de entonces, todos los días en la cantina compartieron mesa y conversación.

 

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