Nos creemos lo que pensamos?

Yo siempre he creído en el pensamiento libre, tanto si se piensa en cosas buenas, malas o inverosímiles; de ahí que considere como secta a cualquier religión que me diga lo que tengo que pensar.

El pensamiento  es la puerta de la imaginación que nos permite llegar, si no lo limitamos, a cualquier parte, razonamiento o presuposición.

Ahora bien, si nos creemos lo que pensamos, muy habitual cuando hacemos una presuposición acerca de algo, estamos racionalizando algo que hemos imaginado y se puede volver contra nosotros. Las apariencias engañan y montar una película a partir de la mismas, a las personas, se nos suele dar bien, el problema  es que nos la creamos como buena.

Pensar es imaginación y creer es racionalidad, cuando las mezclamos conviene tener claro que nuestra película puede tener muchas tomas falsas que no son reales.

Limites e imaginación

Conocer nuestros limites y limitaciones es la primera regla cotidiana de supervivencia. Quien no se lo crea, la dura realidad ya se encargará de inculcárselo y, cuanto más tercos seamos, más repetiremos ese calvario en cualquier semana Santa o protestante.

La experiencia, si la hacemos caso, será buena aliada para ir mejorando nuestro aprendizaje vitalicio y vital. Nada es fácil en la vida cuando hay complicaciones. Y, posiblemente, el mayor reto sea conocernos, saber cuanto podemos dar de si o reconocernos en todas nuestras facetas, que son más de las que podamos creer.

El aprendizaje, aun siendo aplicados, dura toda la vida, la diferencia radica en lo aprendido y en la forma de aplicarlo. Nuestra actitud es el comodín que siempre debemos tener en la manga.

La imaginación es la excepción a nuestras limitaciones y además nos hace sentir vivos.